
04 Nov El estatuto del arte
Ayer estuve leyendo la poesía de Oliverio Girondo, como otras tantas noches. Y me desvelé. Eso me hizo pensar en el arte. Pensé en Platón y en su exquisita sensibilidad de poeta, venida a menos en aras de una función más noble: la justicia en la polis. Condenó el arte, pero no la belleza que la eleva a la categoría de verdad. También pensé en la cabeza tan bien amueblada de Aristóteles. Sentó las bases de la estética hasta el siglo XVIII. Sin apenas despeinarse, afirmó que el arte era un ejercicio de creación mimética, a través de la técnica, para purificar al hombre en una catarsis con fines éticos. Tampoco me olvidé de que los griegos fueron los inventores del famoso canon de belleza: matemático, excluyente y rígido. Parece ser que sigue en activo, pero se ha pasado al mundo de la moda porque el arte lo expulsó de su seno cuando Kant empezó a hablar de lo sublime y el flanêur de Baudelaire lo redujo a cenizas. Entre tanto había surgido el romanticismo con su consideración del artista como genio tocado por la inspiración casi divina. Y me dieron ganas de quedarme allí, inmóvil al acecho del artista y de su arte, a la escucha o el desvelamiento del ser heideggeriano, un siglo después. Sin duda y saltándome la cronología, puesto que la memoria es caprichosa, pensé en el filósofo más tierno y ácido de la historia: Nietzsche, el pensador de mi corazón, el salvador del hombre, el que le redime y le reconcilia con la tierra y con su voluntad de poder creadora. Salí al balcón, a la luz de la noche y esperando el día pensé en Adorno y en su dialéctica negativa, nunca me convenció su consideración del arte como elemento emancipatorio social. Ni el arte como semiótica que defienden los postmodernos. Con las primeras luces, entré en casa y preparé café.
Seguí pensando, pero no llegaba a vislumbrar qué estatuto podría tener el arte en estos momentos. Entre tanto discurso válido postmoderno, una sociedad de consumo laxa y complaciente, no sabía qué pensar. Me sentí perdida, bebí un sorbo de café caliente y áspero. Me imaginé a mí misma escuchando a Nina Simone, leyendo a Bryce Echenique o contemplando el Guernika y pensé que el arte estremece al espectador hasta que le convierte en testigo presencial del acto mismo de lo real. Revierte la realidad, la anticipa trayéndola al presente. Le sacude, le obliga a tener conciencia desde la víscera. Volví a salir al balcón, esta vez la luz me cegó y cerré los ojos, me senté y me dejé acariciar por el calor. Me había cansado de pensar. Luego me adormecí.
Cristina Hernández