
13 Ene Yago
Siempre que le miro, me embarga esa sensación abismal de que me estoy convirtiendo en grieta. Los poros se me desintegran, la piel se diluye entre los huesos, única coraza que sostiene el esqueleto del miedo. Porque la carencia del otro, me descubre la mía y me provoca el miedo atávico de la indefensión originaria.
La carencia siempre ha sido la vergüenza del hombre, por eso tuvo que inventarse unos dioses plenos y capaces, exuberantes, excesivos, arbitrarios, pero jamás carentes. “El no-ser no existe”, dijo Parménides. Y comenzó la persecución de la verdad mayúscula, de la inmensidad que le viene grande al hombre que se oculta, para no dejarse ver, entre la ilusión de la inteligencia, el progreso, el complejo sistema socioeconómico, las convenciones, el éxito y solo logra resaltar la impostura de su incapacidad.
Me es inevitable mirarle. En su inmovilidad percibo la reticencia a existir más allá de los límites y de la ausencia, lugar anónimo donde se sitúa. Su mirada, impenetrable, es idéntica al destino de cada hombre. Su rostro… el rostro… como cada rostro, contiene la vulnerabilidad de la carne desnuda e imperfecta que vuelca hacia fuera la pura fragilidad del ser.
Cuando me mira, me ruega que me ocupe de él. Paraliza el presente y lo revierte en cuanta anticipación quepa asumir en una sola persona. Su ruego es la súplica de la humanidad entera, dispuesta en fila india hacia un destino finito e irreversible. La carencia se convierte en el imperativo estético y moral que me obliga a percibir, comprender y actuar.
Jamás podría dejar de mirarle. Su piel traslúcida muestra la herida que le define. Que me define. Me enternece y me abruma. Su movimiento, indescriptiblemente lento afirma la opacidad del tiempo y lo inefable de la realidad, lo que quiero agarrar y no puedo. Me deja boquiabierta, sola, sentada en medio de la nada.
Mirándole.
Amándole.
Cristina Hernández Sánchez