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#2 Superstición y conjetura

Quien haya tenido la oportunidad de convivir (aun brevemente) con un niño en etapa de desarrollo, ha podido constatar el fenómeno de la “máquina de hacer hipótesis”: el niño extrapola leyes y relaciones causales de lo más insólito. Quizá aquí pueda haber cierto origen de ese hábito trepanador que es el pensamiento mágico.

Las cuestiones de la magia, o teúrgia, que diría Jámblico pertenecen a otro ámbito, quizá más ligado al lenguaje y sus “palabras mágicas”, y por supuesto al mundo de lo simbólico. El lenguaje y los símbolos son palabras mayores. Y no digamos ya los ritos. Aquí quiero abordar más bien el misterio de la “cibersuperstición” y sus implicaciones en nuestros modos, virtudes y defectos.

La “leyenda urbana”, esa nueva mitología salida de la doxa, exhibe nuestra necesidad ancestral por la fábula y la moralina. Escarmentamos en cabeza ajena con historias de admisiones en urgencias de individuos con diferentes y estrambóticos juegos sexuales (botellas, grifos, aspiradoras, etc.), historias que forman parte del inconsciente colectivo.

Ahora con Internet, cualquier delirio que hubiera sido contenido en las paredes mugrientas de un garito o un parque a altas horas de la madrugada, tienen la oportunidad de pasar a la posteridad. (Y nadie sabe bien si algo que se “cuelga” en Internet desaparece, o quizá se “proyecta” en el ciberespacio, al estilo de Freuerbach). Ahora podemos “rayarnos” en público a través de YouTube, y deleitarnos con individuos tocando el alcoholímetro cual trompeta en un control de alcoholemia, presenciando la leyenda en su génesis. Vemos un fenómeno “viral” –curioso término, propagándose cual infección- ante nuestros ojos.

Y aquí se mezclan, cual brebaje mágico, dos componentes post-modernísimos: el friki-kitschismo, el famoseo y el pensamiento mágico. (Debilidades que admito, hay una catarsis que nos lleva al balbuceo y nos dejan una mirada perdida –el Zen auténtico, “la nada nadea”.) El otrora horror vacui o aquella fascinación Nietzscheana con el precipicio (que al final nos termina mirando a nosotros), nos hace admirar el vacío cuántico mientras nuestro tiempo desaparece.

La inmediatez, la transmisión instantánea de información, reconozco que me asusta como a los hombres primitivos el fuego. Imagínense la historia de un Prometeo hasta arriba de anfetaminas –o que le sirló las “Yumas aladas” a Mercurio. Hermes, Thoth, siempre manteniendo los registros del conocimiento, las revelaciones a los hombres de los mensajes divinos. Ahora vamos a toda hostia, pero no sabemos bien si lo que pasa por nuestros ojos a gran celeridad es ilusión o no. Posiblemente Internet nos transforme en Segismundos, dilucidando si la vida es sueño, o si los sueños “cookies” son.

Podríamos decir que existe un fenómeno opuesto por naturaleza al de las escuelas de misterio de la Antigüedad: en su momento, los iniciados tenían que pasar por períodos de probación, para poder garantizar que no iban a utilizar los conocimientos arcanos con fines zafios y egoístas. Con la democratización de la información, podemos, de manera desordenada, montarnos una historia-representación a nuestro aire, que nos reafirma en nuestra individualidad. Todo es personalizable. La cuestión es si esto nos otorga la autoridad de ser autoridad en cualquier tema a golpe de Google. Y además, tenemos un soporte a través del cual propagar nuestra visión del mundo, nuestra representación propia, con mayor o menor impunidad. Nuestros dedos se parecen a aquel del Dios de Miguel Angel en la Capilla Sixtina, con nuestro poder divino de hacer “click” y “enviar” al mundo nuestro trozo de verdad –o delirio.

Aquí las ideas sobre lo aleatorio, la casualidad y la causalidad se mezclan de una manera efervescente. Apple tuvo que hacer el “iPod” menos aleatorio –puesto que los usuarios, al tener dos canciones consecutivas del mismo álbum en “shuffle” sentían que aquello no era aleatorio. La relación causa-efecto, no solamente forman parte de la Magia, sino también de la Jurisprudencia y las supersticiones. Podríamos decir que supersticiones y creencias sobreviven, si nuestra experiencia las confirma o niega, de manera análoga a las mutaciones genéticas. Esto puede dar fundamento a que ciertos símbolos y mitos hayan aparecido en diversas partes del planeta y en diferentes épocas, como si estas creencias se afirmasen y reforzasen generación tras generación.

Quizá la creencia y la superstición son hijas accidentales de nuestra perplejidad ante lo desconocido. Los conspiranoicos son una mezcla de escéptico-cínicos (en el sentido de Diógenes) con arrebatos de misticismo, pero desesperados por creer. La conspiración siempre le da a uno el donaire de “saber algo oculto que tú no sabes”. Pero hoy en día, uno no puede trazar con seguridad el origen de nuestros mitos modernos. Hay una línea muy difusa entre la “rayadura” y la “inspiración cósmica”. El exceso de información y el fluir desordenado de ésta, la hace más susceptible a la mutación. Estamos en la era de la “frikinformática”, sin lugar a duda.



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