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NADA EN MI SALÓN

Nada en mi salón.
Recurriendo al pasado, con música del pasado, y mensajes del pasado.
Y luego una trompeta, un contrabajo y una batería melancólicos hacen el papel de limpiadores mientras piden a gritos una copa de whiskey.
De no ser por la vergüenza de la juventud me la tomaría encantado.
Y que el calor de garganta que provoque sea evocador de futuro, de otras melancolías en el extranjero, o de esta misma alargada por el tiempo.
Ahora es la necesidad de saltar las horas y los billetes que me separan de volar a las américas, para así no vivir como en una película estando en la localización incorrecta.
Se han llenado mis días de punto de vista, de pensar el lenguaje y de ansiedad de besos y de trabajos terminados. Siendo incapaz de empezar ambos. Puto loco, reflexionando cada instante antes de vivirlo. Acordándome de todos y acordándome de nadie. La zona de confort a escasa hora y media y, la de crecimiento es mañana. Tengo que crecer, a pesar del dolor que conlleva. También duele el confort, rey del pequeño castillo, con las pocas reinas que me admiren.
Ya me he puesto ese whiskey. Es mezclado y de poca calidad, no hay para más. Ya es romántico el momento sonando Miles Davis e iluminando la ocasión un punto de luz cálida, en contraste con los colores de la noche, que entran por la ventana.
El paso del líquido por la garganta, lejos de alejarme en sueños futuros, trae una irremediable sensación de realidad, de inmediatez. No sé si de «todo es posible» o de si, «siempre será así».
Se van espesando mis frases mientras se densifica la niebla en mi frente y el piano chilla con más dolor. Eso es que se va haciendo tarde y, cuando termine estos párrafos tendré que ponerme a trabajar. Aunque seguro que encuentro otra distracción absolutamente inadecuada para las responsabilidades del día siguiente.
Así luego serán las quejas de vivir cansado. De no tener nunca la mente clara para pensar, para besar, para acariciar, para aprender.
Maldita sea, lo veo tan claro, veo tan claro que el problema está en mí mismo, en ser incapaz de vivir a gusto con lo que soy y lo que tengo. Mientras, dejo caer todo el peso de la felicidad en imágenes inventadas, no en las vividas ni en las que están por vivir, todo imágenes, el día entero en la nada.
Es miedo a que lo auténtico sea demasiado simple, poco glorioso, poco brillante y, también, supongo, anónimo.
Para variar, tras estas vueltas en espiral sobre una misma sensación, no sé cómo acabar estas dichosas líneas, que no han sido tan catárticas como esperaba. Cómo terminar un texto sobre algo que no se acaba. La ausencia determina un fin, supongo, dejaré un hueco en blanco, y que lo llene la nada, inefable.



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