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“El escritor y su tarea”

“Hace mucho tiempo el joven poeta mexicano tabasqueño, José Carlos Becerra, obtuvo una beca Guggenheim y con ella se fue a Londres con el propósito de comprar un automóvil con el cual recorrer toda Europa. Una madrugada, camino a Bríndisi, en Italia, no se sabe qué sucedió: tal vez se quedó dormido al volante, el caso es que se desbarrancó y se mató. Yo llegué también con mi beca Guggenheim a Londres pocos meses después y me alojé en la casa del mismo amigo mutuo, Alberto Díaz Lastra, en donde él se había alojado. Allí, José Carlos olvidó una camisa que yo heredé. Desde entonces, cada vez que yo sentía pereza de escribir, desánimo o escepticismo, me ponía la camisa y comenzaba a trabajar. Consideré que yo tenía un deber hacia aquellos artistas, hombres y mujeres, cuya muerte prematura les impidió decir lo que tenían que decir. Por eso esa camisa tiene tanta importancia en mi vida”.

Esta anécdota la ha contado hace poco Fernando del Paso en su discurso en la ceremonia del Cervantes, explicando así el significado de la camisa que, junto con sus dos primeras novelas y un disco con su voz grabada, había depositado como legado en la Caja de las Letras del Instituto Cervantes (un rito tradicional de los premiados).

La camisa le ha servido al novelista mexicano, según nos relata, para no olvidar el fondo ético de su tarea de escritor. Una tarea en la que el empeño y la firmeza en el trabajo permiten mantener unidas una moral ejemplar y una estética exigente, pues, dado que la escritura es su labor, asume su responsabilidad con la sociedad para desempeñarla “diciendo lo que tiene que decir”, en un acto debido a esos otros que se vieron imposibilitados de hacerlo, y de esta manera, en último término, el rigor del artista en la creación constituye una actitud ética como ciudadano.

Es digno de recordar que uno de los escritores en los que se reconoce un elevado sentido ético de su tarea literaria es Juan Ramón Jiménez, tantas veces tildado injustamente de artista aislado en su torre de marfil, incapaz de una mirada hacia lo que no era estrictamente su mundo, indiferente ante la realidad social. Estimando fundamental en el ser humano el crecimiento moral interior, su elevación espiritual, y considerando que ello precisa del cuidado y la educación de la sensibilidad artística, consagró su vida a la poesía, haciendo de su compromiso estético con su conciencia un compromiso ético con la sociedad.

En su libro Vida, un collage de fragmentos y materiales muy diversos que la muerte le impidió publicar y cuyo primer volumen, Días de mi vida, editó hace dos años la editorial Pre-Textos, vemos la enorme voluntad y denuedo del poeta para ponerse a escribir (un “martirio” llega a decir), en lucha siempre con la enfermedad, con el desequilibrio bipolar que lo zarandeó a lo largo de su vida. De ese libro son estas palabras que nos hablan de su responsabilidad como escritor:

“Uno debe responder ante el otro posible o imposible del trabajo de su existencia. «A lo hecho, pecho», dice el español. Pecho: responsabilidad. El pecador que se confiesa arrepentido debe confesar hasta lo más mínimo, quedar completamente limpio de sí mismo. Como el poeta”.

Ahora bien, es posible, asimismo, mirar la ocupación de literato de modo más distanciado. Miguel Mihura vivió la desilusión de no encontrar quién llevara a escena su comedia Tres sombreros de copa cuando la escribió en 1932. Fue representada veinte años después, y aunque tardíamente, se reconoció su valor, tanto que críticos prestigiosos expresaron su pesar porque consideraban que el dramaturgo se había apartado de la línea de exigencia artística de la primera obra y en sus comedias posteriores había cedido a un fácil aplauso del público. El propio Mihura abordó la cuestión en varias ocasiones, y en la edición que preparó para la editorial Castalia de Tres sombreros de copa y Maribel y la extraña familia comentaba así, con ese humor suyo característico, su vuelta al teatro, después de un tiempo dedicado al mundo del cine:

“Sin embargo, en el año 1951 las cosas empezaron a ir mal para el cine español y, en consecuencia, para mí y para mis finanzas. Y como, además, al cabo de seis o siete años ya estaba hasta la punta del pelo del cine y de las gentes que lo rodeaban, con un suspiro de alivio dejé también el cine.

¿Qué hacer entonces? Después de reflexionar cinco minutos ―el cine me había dejado tan tarado que me era imposible reflexionar otros cinco minutos más― pensé que lo mejor era volver de nuevo al teatro. Pero volver al teatro ya de un modo definitivo, para vivir de él en serio, sin ocuparme de otras cosas. Y para vivir, además, bien, del mismo modo que había vivido bien con mis anteriores ocupaciones que siempre me habían permitido una holgura económica sin problemas.

Y para conseguirlo, dedicarme a hacer ese teatro comercial o de consumo, al alcance de la mentalidad de los empresarios, de los actores y de las actrices y de ese público burgués que, con razón no quiere quebrarse la cabeza después de echar el cierre de la puerta de su negocio.

En resumen y para abreviar: había decidido prostituirme”.



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