
05 Jul La palabra trascendente de la poesía
Hace unos días ha muerto Yves Bonnefoy, poeta, ensayista y traductor francés que en 2013 recibió el Premio en Lenguas Romances que otorga la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. En su discurso de recepción del premio hablaba de la necesidad de esa “forma particular de cuestionamiento del mundo y de la existencia que llamamos poesía”. Particularmente en un mundo en que “la tecnología y sus empleos comerciales incitan a mirar la realidad natural y social no sin prejuicios por la sensibilidad poética y su comprensión de la vida”.
Y seguía diciendo Yves Bonnefoy:
“Pero ¿por qué es necesario pensar en la poesía? ¿Es quizás porque en ella hay acercamientos a la condición humana más numerosos o más importantes que lo que, por ejemplo, saben reconocer los filósofos de la existencia? ¿O porque serían formulados con más imaginación y elocuencia que en los escritos en prosa? Sí, cierto, es verdad que las grandes obras de la poesía –las cuales no son solo poemas, y sitúo en primer lugar entre ellas a un Shakespeare o un Cervantes– se arriesgan mucho antes por los laberintos de la conciencia nuestra. Es en las dudas angustiadas de Hamlet donde la modernidad del espíritu encontró su suelo más fértil. Y hay en cada uno de nosotros una relación interna con nosotros mismos que no se libera de las muchas ilusiones de la existencia ordinaria más que cuando escuchamos un ritmo apropiarse de las sílabas largas y breves de las palabras de nuestra lengua natal”.
Y a continuación Yves Bonnefoy afirma sobre la esencia de la poesía:
“Está por debajo, en la vida misma de las palabras, y es en esa profundidad de la palabra donde hay que encontrar la acción de la poesía y, a partir de ahí, comprender su importancia. Comprender que la poesía es el fundamento de la vida en sociedad. Comprender que la sociedad sucumbirá si la poesía se extingue, poco a poco, en nuestra relación con el mundo”.
Lógicamente esta importancia decisiva concedida al hecho poético se sustenta en un concepto de la poesía que va mucho más allá de consideraciones sobre la habilidad de versificar o sobre la mera comunicación de sentimientos. Puede arrojarnos luz la siguiente reflexión:
“La razón racionalista, esquematizada, y más todavía en su uso y utilización que en los textos originarios de la filosofía correspondiente, da un solo medio de conocimiento. Un medio adecuado a lo que ya es o a lo que a ello se encamina con certeza; a las «cosas» en suma, tal como aparecen y creemos que son. Mas el ser humano habría de recuperar otros medios de visibilidad que su mente y sus sentidos mismos reclaman por haberlos poseído alguna vez poéticamente, o litúrgicamente, o metafísicamente”.
Esto nos dice María Zambrano en Claros del bosque, refiriéndose a la palabra poética, fuente de conocimiento privilegiada que nos pone en contacto con la esencia de la vida. No es, pues, un modo de expresión para representar al hombre y su mundo, sino para revelarlos, para mostrar la condición íntima del ser humano, por lo que sus “medios de visibilidad” no pertenecen al ámbito de la razón: en su carácter litúrgico o metafísico, la experiencia poética es vivida con la autenticidad y la intensidad de quien busca la verdad.
En ese sentido, el poeta nos habla “por encima del tiempo, saliéndose de su envoltura” y su palabra “todo suceso transciende” para alcanzar la plenitud, pues “en la plenitud, ni tan siquiera en la de este nuestro tiempo, no existen las circunstancias. Se borran las circunstancias en la más leve pálida presencia de la plenitud”.
Así se comprende el verso con el que Hölderlin cierra su poema “Recuerdo”:
“Mas lo que permanece, lo fundan los poetas”.
Y también los más humildes de Cernuda del poema “F. G. L. A un poeta muerto”:
“Leve es la parte de la vida
Que como dioses rescatan los poetas”.