
07 Mar Mirando a la Antigüedad
Ya es imposible recuperar la familiaridad con los antiguos de escritores como Montaigne o Leopardi, su diálogo natural con un mundo que para ellos, aunque muy lejano, irradiaba luz sobre la vida. No obstante, si bien se ha perdido la posibilidad de restablecer la intimidad, todavía pueden verse allí estampas que es fácil asociar con nuestro presente. Y su poder esclarecedor no se debilita si el dominio en el que entramos es estrictamente social y político.
El historiador Tácito dedicó un libro a la vida de su suegro, Agrícola, cuya labor en la romanización de Britania elogia y en relación con la cual hace esta observación:
“Además, iniciaba a los hijos de los jefes en las artes liberales; prefería el talento natural de los britanos a las técnicas aprendidas de los galos, con lo que quienes poco antes rechazaban la lengua romana se apasionaban por su elocuencia. Después empezó a gustarles nuestra vestimenta y el uso de la toga se extendió. Poco a poco se desviaron hacia los encantos de los vicios, los paseos, los baños y las exquisiteces de los banquetes. Ellos, ingenuos, llamaban civilización a lo que constituía un factor de su esclavitud” (Agrícola. Germania. Diálogo sobre los oradores, Madrid, Gredos, 2001, pág. 74).
No es preciso subrayar las reflexiones sobre la globalizada sociedad contemporánea anticipadas en el último enunciado de esta cita.
Entre las cartas de Plinio el Joven, amigo de Tácito, hay varias que dirige a su también amigo Máximo, quien fue enviado por Trajano para gobernar como corrector la provincia de Acaya, donde quedaba comprendida en esta época toda la Grecia. Con ocasión de este viaje, Plinio le escribe a Máximo dándole unos consejos que, vistos desde la actualidad de la política europea, causan cierta impresión:
“Piensa que has sido enviado a la provincia de Acaya, la verdadera y auténtica Grecia, en la que, según la tradición, tuvieron su nacimiento la civilización, la literatura e incluso la agricultura; que has sido enviado para organizar la constitución de sus ciudades libres, es decir, a hombres que son hombres y libres, que son libres en el más pleno sentido de la palabra, y que han conservado el derecho que les había sido dado por la naturaleza por su valor, sus méritos, su amistad, y finalmente por los tratados y la religión. Respeta a sus dioses fundadores y los nombres de sus dioses, respeta su antigua gloria y esa misma antigüedad que es venerable en el hombre, sagrada en las ciudades. Honra su antigüedad, sus hechos gloriosos e incluso sus leyendas. No menoscabes la dignidad, la libertad, ni siquiera el orgullo de nadie. Ten delante de tus ojos que esta es la tierra que nos ha proporcionado el derecho, que nos ha dado las leyes, no después de habernos vencido, sino a petición nuestra; que es en Atenas donde vas a entrar, que es Lacedemonia la que vas a gobernar, a las que arrancarles la sombra y el nombre de la libertad, que es todo lo que les queda, sería cruel, inhumano y bárbaro” (Cartas, Madrid, Gredos, 2005, Libro VIII, 24, pág. 423).
En este mundo nuestro tan despiadado, en el que se ha visto recientemente cómo las más poderosas instancias económicas y políticas se han determinado a humillar al pueblo griego, no dejan de producir admiración estas palabras llenas de nobleza de Plinio el Joven, reconociendo agradecido el legado de Grecia, sin el cual no se podía entender la cultura romana.
Como tampoco se puede comprender sin dicho legado la cultura europea en la actualidad. Empezando por uno de cuyos valores siempre se presume: la tolerancia. Un episodio narrado en el libro de los Hechos de los Apóstoles nos ilustra este carácter del pueblo griego. Cuando Pablo emprende su actividad misionera, en muchos lugares es recibido con hostilidad, pero al llegar a Atenas, es conducido, para escucharlo más atentamente, a la sede del consejo de la ciudad:
“Le tomaron consigo y le llevaron al Areópago; y le dijeron: «¿Podemos saber cuál es esa nueva doctrina que tú expones? Pues te oímos decir cosas extrañas y querríamos saber qué significan». Todos los atenienses y los forasteros que allí residían en ninguna cosa pasaban el tiempo sino en decir u oír la última novedad” (Hch 17, 19-21).
Y aunque surge mayoritariamente el desacuerdo con la predicación, se muestra de modo bienhumorado y jovial, como quien sabe que es el humor el arma contra ideas peregrinas o dogmáticas:
“Al oír la resurrección de los muertos, unos se burlaron de él y otros dijeron: «Sobre esto ya te oiremos otra vez». Entonces Pablo los dejó allí y se marchó” (Hch 17, 32-33).
Y así, en la misma Biblia de Jerusalén, se anota:
“Los sanedritas de Jerusalén condenaban y perseguían el mensaje cristiano; los areopagitas de Atenas se contentaron con reírse de él. El fracaso de Pablo en Atenas fue casi total” (Bilbao, Desclée de Brouwer, 1995, pág. 1579).
Imagen: Exit strategy plan, de Bobbirok